La fe de Noé En el año seiscientos de la vida de Noé, en el mes segundo, a los diecisiete días del mes, aquel día fueron rotas todas las fuentes del grande abismo, y las cataratas de los cielos fueron abiertas. Y hubo lluvia sobre la tierra cuarenta días y cuarenta noches. En este mismo día entraron en el arca Noé, y Sem, Cam y Jafet, hijos de Noé, la mujer de Noé, y las tres mujeres de sus hijos, con ellos (Génesis 7:11-13). Ciertamente, ante un diluvio así, nadie podía sobrevivir. La razón por la que Noé se salvó del diluvio fue que era un hombre justo, perfecto en su generación. Noé caminaba con Dios (Génesis 6:9). También se describe lo siguiente: si estuviesen en medio de ella estos tres varones, Noé, Daniel y Job, ellos por su justicia librarían únicamente sus propias vidas, dice Jehová el Señor. (Ezequiel 14:14) Noé fue uno de los tres hombres justos señalados por Dios. Podemos aprender mucho sobre Job en el libro de Job y sobre Daniel en el libro de Daniel. Sabemos que Noé fue fiel al construir el arca tal como Dios le ordenó, pero no sabemos mucho sobre cómo aprendió a ser fiel. De hecho, la Biblia no ofrece tantos detalles sobre Noé como sobre Job y Daniel. Sin embargo, al leer sobre los días que Noé pasó en el arca, podemos descubrir algo especial. En Génesis 8 se describe lo que sucedió fuera del arca y cuánto tiempo tomó que ocurrieran esos sucesos. También se especifica la fecha exacta de cada evento. Así pues, desde el comienzo del diluvio hasta su final, Noé llevó la cuenta de las fechas. Fue como si el diluvio no hubiera sido un final para la humanidad, sino una continuación de la soberanía de Dios. Aunque el mundo había desaparecido, en la mente de Noé Dios seguía teniendo el control de cada día que Él había creado. El arca no fue diseñada para ofrecer comodidad; tenía una sola puerta y una sola ventana. Imagínese estar atrapado con una gran cantidad de animales en un espacio tan reducido y agobiante; aquello habría vuelto loco a cualquiera. No solo eso: durante aquel tiempo, Dios dejó de hablarle a Noé. Sin embargo, Noé no se desanimó ni perdió la fe. Al contrario, vivió cada día tal como lo había hecho antes del diluvio. Esto se debía a que Noé no veía las cosas desde su propia perspectiva, sino desde la de Dios. Él sabía que Dios tenía un plan. Con solo mirar a través de aquella pequeña ventana en la parte superior del arca, Noé sabía que Dios seguía velando por él, pues formaba parte de Su plan. Si aprendiéramos de Noé que Dios tiene un plan para cada persona a quien ha salvado, no temeríamos a ningún diluvio ni tormenta. Tal como sucede en Lucas 8:22-25, cuando Jesús calma la tempestad: si mantenemos la mirada fija en Jesús, nuestro Salvador, ninguna tormenta podrá hacernos daño; al contrario, nos fortalecerá en la fe, porque todos formamos parte del plan de Dios. Emanuel. (Para regresar, seleccione <- en la barra de herramientas)